miércoles 28 de noviembre de 2007

Don Juan Tenorio>José Zorrilla

Sería hace menos de una semana cuando vi sobre el escenario del Teatro Gallarre al gallardo de Don Juan. El clásico personaje del romántico José Zorrilla fue, para mi sorpresa, interpretado con mucho tino por un actor de la compañía española L'Om Imprebís , siento no poder recordar su nombre. Quisiera decir para todos, o para nadie, si es que de algo a alguno sirve lo que yo aquí de cuando en vez diga; que había un montón de jóvenes que fueron a ver la representación. Tampoco me sorprendió tanto cuando vi el precio de la entrada que me regalaron, ¡3 euros! Claro que en anfiteatro, pero qué más podemos esperar los jóvenes polluelos que verla desde el famoso gallinero... Tenéis que fumar menos e ir más al teatro, que le cuesta lo mismo al bolsillo pero al fin y al cabo, ver bien representada una obra -como diría el clásico spot de Master Card- no tiene precio. Os pongo unos conocidos fragmentos, que a mí me encantaron y que son, si no más, tan populares como su protagonista:

PRIMER FRAGMETO
(Perteneciente a la escena III): Don Juan se dirige a su amada y joven monja Doña Inés:

¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí; y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga, llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando el día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador,
llamando al cercano día,
Don Juan Tenorio
120
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón, ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?
¡Oh! Sí. bellísima Inés,
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando vida mía,
la esclavitud de tu amor.

SEGUNDO FRAGMENTO (Perteneciente a la escena IX): en el que dirigiéndose a Don Gonzalo, Don Juan le habla de su hija.


Comendador,
yo idolatro a doña Inés,
persuadido de que el cielo
nos la quiso conceder
para enderezar mis pasos
por el sendero del bien.
No amé la hermosura en ella,
ni sus gracias adoré;
lo que adoro es la virtud,
don Gonzalo, en doña Inés.
Lo que justicias ni obispos
no pudieron de mí hacer
con cárceles y sermones,
lo pudo su candidez.
Su amor me torna en otro hombre,
regenerando mi ser,
y ella puede hacer un ángel
de quien un demonio fue.
Escucha, pues, don Gonzalo,
lo que te puede ofrecer
el audaz don Juan Tenorio
de rodillas a tus pies.
Yo seré esclavo de tu hija,
en tu casa viviré,
tú gobernarás mi hacienda,
diciéndome esto ha de ser.
El tiempo que señalares,
en reclusión estaré;
cuantas pruebas exigieres
de mi audacia o mi altivez,
del modo que me ordenares
con sumisión te daré:
y cuando estime tu juicio
que la puedo merecer,
yo la daré un buen esposo
y ella me dará el Edén.